Libre y voluntariamente te escogí.
Porque nadie me ha obligado a que te quiera.
Ni por la fuerza: porque un revólver me apuntara
ni por ninguna otra amenaza cualquiera;
fue aquel día cuando con tu mirada me cruzara.
Nadie, a base de injurias, me ha persuadido
que, en mis viajes todos, te encontrara.
Nadie, a utilizar torturas, se ha atrevido.
Porque saben que ya tengo suficiente tortura
con que ni siquiera me regales una sola de tus miradas.
Nadie me ha inducido a través de apologías
donde te pretendan presentar perfecta;
yo te sé humana, catastrófica, aburrida, imperfecta,
y te sé inteligente, alegre, que vive sus días,
y te sé divina a través de esa extraña ternura.
Porque nadie me ha obligado,
nadie jamás me ha persuadido
ni inducido, ni, con discursos, confundido
para que de un universo extenso de tu género
solo te mirara a ti,
no a otra, solo y simple y llanamente a ti.
Y como libremente te amé,
libremente deje que escogieras marcharte,
deje que libremente me odiaras,
libremente que pensarás mal de mí
y acepte tu decisión.
Pero igual quiero decírtelo una vez más
y sin que nadie me obligue:
“Te amo, me enamoré de ti.
Y adiós…”




